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Cómo aprendí a confiar en la personas

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Adoro viajar, y aunque estos últimos años es una actividad que  he abandonado un poco, cada tanto me salta el bichito de la curiosidad y me lanzo a algún lugar nuevo o repetido del mapa.

Una de las cosas que me han enseñado los viajes,  es a confiar en las personas.

A veces nuestra actitud inmediata es dudar de quien tenemos en frente, sobre todo si es alguien a quien  no conocemos de nada. Cuando desconfiamos, nos invade un sentimiento que nos  hace dudar de si sus intenciones son  nobles o no, lo que nos produce una angustia bárbara, porque piensas que si te tiras a la pileta y confías, puedes salir perdiendo, y por otro lado si no lo haces, te quedarás  con la duda.

Pero hay situaciones en las que tienes que confiar sí o sí. Es eso o estar perdido en medio de la noche, literalmente. Como me  paso a mí en septiembre. Había reservado mi alojamiento en una casita preciosa de Boston donde todo parecía de cuento: el barrio, la infraestructura de la pequeña mansión, la casera, todo. Pero no tuve en cuenta un pequeño detalle: no estaba en Boston sino en las afueras Lexington, un pueblo a 23 kilómetros, una zona preciosa pero muy alejada de la civilización. Claro que yo me di cuenta de esto cuando ya había llegado a la estación.

Resumen: me encontré en medio de la ruta a altas horas de la noche y sola. No tenía ni idea de para donde quedaba mi casita soñada, ya que no había ni un alma por allí a quien preguntarle. Sabía que si no recurría a la primera persona que encontrara esa noche  no saldría victoriosamente se esa situación. Me metí en un barrio que empezaba al costado de la carretera, era un lugar encantador pero curiosamente sin ninguna luz que alumbre las calles que lo dividían, solo iluminado por las tenues luces de dentro de las casas. Mi miedo crecía y crecía, y de pronto me empecé a replantear toda mi existencia en pocos minutos. ¿Quién me había mandado a lanzarme a esa pequeña aventurilla a estas alturas de mi vida? 

Cuando estaba al borde de las lágrimas de rabia, de repente se me presentó un ángel en una 4x4. Se llamaba Dorothy y estaba aparcando la camioneta en casa de su hija. Me acerqué al hall de la casa que era todo blanco, florido y de madera, y le dije medio desesperada que estaba “un poquito perdida”. Dorothy No solo averiguó la dirección del sitio a donde yo me dirigía sino que se ofreció a llevarme, y gracias a Dios y a todos los santos que lo hizo, porque descubrimos que mi lugar de destino era muy lejos de allí, y de no ser por ella aún estaría dando vueltas.

En el camino me contó que recordaba algunas palabras del español, porque de joven había pasados dos veranos en Salamanca. Que ahora estaba jubilada y que eso le había servido para  retomar su pasión por los viajes, que  era prácticamente a lo que se dedicaba en esta nueva etapa de su vida. No puedo explicar el alivio que sentí cuando por fin llegamos a mi pequeña mansión y salió mi casera, (en otro post hablaré de ella, Evita) creo que en ese momento perdí diez kilos de preocupaciones. Antes de despedirnos nos intercambiamos nuestros correos y nuestros teléfonos,  y hace poco tuve la noticia de saber que muy pronto estará de viaje por Barcelona y volveré a verla.

De chiquitos nos enseñan a no confiar en los desconocidos, sobre todo si se trata de un señor  que te ofrece caramelos por la calle, y menos aún si lleva puesto  un sobretodo marrón a modo  de inspector Gadget. Pero con los años te das cuenta de que llega un momento en que al final te tienes que entregar. Porque si no lo haces, te quedas atrapado en la noche oscura de un barrio sin luces de Massachusetts.


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