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Cuando un reclamo a tiempo es sinónimo de salud


Muchas veces nos cuesta pedir lo que queremos. En algunos casos es por vergüenza y en otros por pereza, lo cual no está mal si  no te afecta y realmente te da igual, pero hay situaciones en las que no pedir lo que queremos nos deja desvalidos, masticando rabia y alimentándola con un falso  “da igual, no importa” cargado  de impotencia. 

Por ejemplo, en mi versión cliente gourmet no soy una persona que se queje demasiado cuando no le sirven  exactamente lo que pide, más que nada porque a veces sinceramente me da igual, me gusta probar cosas nuevas,  así que  aprovecho estas ocasiones como una oportunidad de experimentar. Pero hay situaciones puntuales que no son tan negociables, como por ejemplo comer algo extremadamente dulce a las 8 de la mañana. 

En las situaciones que de verdad uno siente que sí es importante tener lo que se desea  es necesario saber expresarse con claridad para obtenerlo. No estoy diciendo que te conviertas en un cliente quisquilloso que a la mínima pone el grito en el cielo porque siente que el mundo entero le debe algo. De esta forma espantarías a los demás y sobre todo a ti mismo ¿quien quiere vivir en el cuerpo de una persona tan disconforme?

Me refiero a solicitar lo acordado. Tengamos en cuenta que cuando pedimos/compramos algo, hay un pacto consciente y otro inconsciente que hacemos en silencio, tenemos una serie de expectativas con respecto aquello que vamos a recibir y esperamos en mayor o menor medida que se cumplan. 

Estos días entré a tomar el desayuno a una cafetería italiana en Nueva York. Me acerqué al mostrador para ver que delicias había para comer y me llamó la atención algo que decía ser un “Special Italian canoli”, claro que en realidad no parecía un canoli sino que tenía toda la pinta de ser un croissant relleno de una especie de no sé qué exquisiteces mediterráneas,  y como no tengo demasiado problema en comer casi cualquier cosa, lo pedí entusiasmada. En mi mente inconsciente lo que estaba pidiendo era un invento especial, porque como en Nueva York todo es posible, me hice una película mental cuyo argumento era la creación de un híbrido delicioso entre dulce y salado, con toda la mezcla de  lo mejor de Italia y de America en su interior. 

Nada más lejos de la realidad, cuando me lo trajeron era un canoli de los de toda la vida, de masa dulce relleno de crema, riquísimo obviamente, pero no era lo que mi estomago necesitaba a esas horas de la mañana. 

En otro momento no muy lejano me lo hubiera comido sin chistar, con la excusa de que “no me hago drama por nada”,  a veces tanta flexibilidad me hace conformar con cosas que no quiero. Así que continuando con mi seguidilla de pequeños reclamos que he venido practicando ultimamente, muy amablemente se  lo comenté al camarero, quien me dijo que el pequeño cartel que lo describía estaba equivocado, así que enseguida se ofreció a traerme el croissant relleno de la vitrina, que al final era lo que yo quería. 

Cuando por fin mi estómago estaba saciado pensé en lo  fáciles que son las cosas, con un simple comentario todo estuvo solucionado, y no tuve que quedarme rumiando mi desgracia enojada y comiendo algo que  no quería. Mi terror a convertirme en una persona quejosa me llevó durante mucho tiempo hacia el lado contrario, hacia la conformidad sin fronteras, donde todo parecía estar bien cuando muchas veces no lo estaba del todo, un positivismo constante igual de incómodo de habitar que su oponente, la queja eterna. 

Expresar lo que deseamos es el único medio para que los demás entiendan de qué manera nos pueden hacer felices.  Ellos no tienen una bola de cristal y no es su deber adivinar qué queremos, porque somos nosotros quienes mejor nos conocemos. 

Así que ya sabes, la próxima ve que sientas que si no te pones en tu lugar te vas a sentir pésimo piensa: ¿qué tan grave es expresarme?.  Y como diría Peter Clemenza en El padrino (quien no creo que tenga ningún problema en reclamar lo que quiere): “deja el arma, y  no te olvides de los canoli” 

Te deseo una Navidad lo más estable posible, donde las emociones que estén a flor de piel no te afecten, y si lo hacen, que sean para crecer. Para mí es un día como cualquier otro, solo que voy a comer más. 

¡Hasta la semana próxima!


Candela. 




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